Abres tus ojos y te encuentras en la mirada de un cuervo.
Un cuervo gigante, tan enorme que no puede volar; derribado en su
magnitud. Sus alas podrían consumirte y jamás escupirte.
“El silencio de los suaves vientos en este valle, hace que los días
parezcan largos”- dijo.
“Que las noches y su frío, sean; extenuantes. ¿No te parece así?”-
preguntó paciente.
Su mirada te sostiene, te envuelve.
A la merced de un decrépito animal, no tienes voluntad.
Sus garras quebradas, astilladas por las piedras.
En la presencia de un plumaje demacrado, grisáceo.
De un aura putrefacta, una vida tallada en carne.
“Hace treinta y cinco años aquí nació un árbol, un sauce. Nunca
había visto un sauce. Se ha secado y no ha vuelto a crecer ninguno
en todo el valle”- dijo.
“Cada año visitaré este oasis, no espero volver a encontrar un árbol
de sauce”- se lamentó.
El cuervo gigante parece estar petrificado, aun así, su voz retumba
dentro de ti.
Tu cuerpo vuelve a pertenecerte cuando el cuervo gira su cabeza
hacia el cadáver marchito del árbol de sauce.
Caes de rodillas y tu cuerpo golpea el pasto, humedecido por el
sereno.
Tus ojos se cierran.
“En este sagrado amanecer, nuestros destinos concuerdan”- dijo con
una voz apagada.
Dejó salir un graznido, el suelo se estremece.
Despiertas, y el sol cae repentinamente.
En este atardecer naranja arce, se te concede un abrigo
inevitable.
Tu cuello se llena de sudor y el aire que respiras erosiona tu
garganta.
En el techo escuchas pisadas y un aleteo.
Hirviendo en vivo.
“Ya baja, vamos a llegar tarde!”- escuchas que llaman.
“¿Qué haces en el techo? Deja de hacer ruido.
¡Ya vámonos!”- se te vuelve a llamar.
Caminando por el centro, no has vuelto a ver el cielo.
Entrando a las tiendas, no haces caso de sombras ni figuras
extrañas.
Y en los reflejos de los vidrios, podría ser solo tu imaginación.
Buscaras refugio en tu quietud, con cuidado de no encontrar su
mirada de nuevo entre la multitud.
El aire se corta por
una cuchilla colosal.
Un tremor incesable dentro de tu cabeza.
“Bajare por ti, de eso no hay duda. Aunque el aire desplume mi
cuerpo, mis alas; y al caer la noche me fallen los sentidos”-
escuchas una voz retumbar.
“Encuentra fuerza en lo que amas, joven humano. El final se acerca”-
dijo el cuervo, trazando su obscura silueta desde el cielo.
Miras al cielo, siguiendo la sombra. Un punto negro está cayendo, se
engrandece cada segundo que pasa.
“Regresa a casa, en este sagrado amanecer. Vengo a visitar al viejo
sauce, nada más”- dijo el cuervo.
El cuervo gira su cabeza hacia ti de nuevo, lo que ve es un cuerpo
rendido.
“Nos encontraremos de nuevo, joven humano”-susurro el cuervo.
Sus garras están sangrando, las distancias que ningún ave se
atrevería a caminar.
Su cuerpo tiembla, el dolor ya es imperceptible. Con pasos incómodos
el cuervo se acerca al sauce que hace años ya ha muerto, con una
reverencia se despide.
Comienza su travesía hacia la cumbre, su hogar cerca del cielo.
En la cúspide de esta montaña, donde las nubes ya no osan
visitar.
Es la altura en la que se pierde la fe.
El gran cuervo abre sus alas por última vez.
Un grave graznido se grita, con el abrazo del sol en su espalda.
Y en la tierra, un joven humano será consumido.
La presencia del cuervo nunca abandona tu mente.
Amenaza tus días y noches, un terror irremediable.
El terrible punto negro se convierte en una masa gigante.
Despegas tus piernas del suelo, corres, brincas, empujas, esquivas,
jadeas… Pero al final eres consumido por la monstruosa ave.
Ahora en tu corazón crecen plumas negras, tus pulmones son un par de
garras que ya han sanado, lentamente. En tu espalda, las alas de
esta ave descansan. Y en tu mirada nace un deseo eterno, el deseo de
conservar lo que te hace fuerte.
Ahora ambos podrán descansar, sus destinos entrelazados.